O.C.

@kolinomalefiko

¿Qué significa ser exiliadxs políticxs, en 2018? ¿Qué es lo que empuja a alguien a abandonar su casa, su tierra, su familia, su historia, y arriesgarlo todo para volver a empezar en otro lugar?

Imaginen formar parte de un pueblo invisible, imaginen estar en un país extranjero, llegar a clase, a un nuevo trabajo, al supermercado, conocer gente, y que les pregunten de dónde son; es más, imaginen tener la certeza que sus interlocutorxs, cuando les digan de dónde son, van a poner cara de póker, y les van a preguntar “¿Y eso qué es?”

En un mundo en el que las informaciones viajan a la rapidez de un click, y se nos bombardea con noticias, relatos, imágenes, historias, seguimos sin conocer la mayor parte de ellas.

De lxs cerca de veinte millones de musulmanxs que viven hoy en día en China… Un momento, ¡¿Que hay musulmanxs en China?! Sí, casi el mismo número que en Arabia Saudí, just for the record, alrededor de la mitad de ellxs pertenecen al pueblo uigur.

Si nunca han oído hablar de ellxs, se están perdiendo muchas historias, se están perdiendo historias de violencia, de represión, de muerte, de fugas, de miedo, de desesperación y de escalofríos… Mas también se están perdiendo historias de arte, de cultura, de familias, de esperanzas, fuerza y re-existencia.

Unxs de ellxs me dijeron un día que exiliarse significa tener siempre la maleta hecha, abandonar su hogar con lo puesto, dejarse caer en otro sitio, saber que no hay posibilidad de vuelta, y no obstante sentir que nunca se va a pertenecer a ningún lugar. La maleta está ahí, acechando, recordando que los tiempos en los que podían llamar “casa” a algo se han acabado, que puede que con suerte tengan un techo, pero una casa, eso ya no.

Me dijeron también que, desde que se habían marchado de China, ya no sabían cómo contestar a la pregunta “¿de dónde eres?”. Prácticamente nadie, en el país que le había acogido, sabía qué es unx uigur, y no, jamás dirían que eran chinxs, porque China no les había querido, no les había dejado ser ellxs mismxs, no permitía que cultivasen su lengua, su literatura, su religión, su cultura, que llevasen su vestimenta, que se reuniesen, que accediesen a algunos servicios.

Porque, dicen, China les había conquistado y amenazado, les había obligado a huir, de lo contrario, dicen, estarían en la cárcel, o peor…  Y porque China no suelta las riendas de su vida ni tan siquiera ahora, con decenas de miles de kilómetros de distancia. Porque no sólo hay que pensar en quien consigue alejarse; no, debemos pararnos a pensar que todx exiliadx, lxs refugiadxs tienen madres, padres, familias, amigxs, hijxs, que se quedan; ¿y qué hay más fácil que tomar represalias contra quienes aún están bajo presión, bajo el yugo del que otrxs consiguen escaparse? Aislar, cortar raíces y ramas, impedir que haya contactos, controlar los medios y las tecnologías.

Imaginen pues encontrarse solxs, en un país extranjero, rodeadxs por gente que habla un idioma en muchos casos desconocido, que poseen rasgos distintos a los suyos (¿o son ustedes lxs diferentes?), que no saben de la existencia de su comunidad. E imaginen que, junto con todo esto, les prohiban saber qué consecuencias su decisión (forzosa, en la enorme mayor parte de los casos, desde luego no ligera) está teniendo en las personas que se han dejado atrás, no saber si sus familiares están bien, si han sido detenidxs “de forma preventiva”; si repentinamente han sufrido algún “accidente”. Si siguen vivxs.

El exilio no afecta sólo a quien se marcha, no sólo les hace apátridas, les desarraiga de lugares y personas, les priva de su comunidad y de su propia identidad.

Y no obstante, dicen, no pueden quedarse atrás, que deben reconstruir su comunidad, su identidad, su individualidad, aunque sea para que se queden dentro de una maleta que nunca llegan a deshacer. Deben resistir, deben re-existir para no desaparecer.

¿Qué significa, pues, ser exiliadxs políticxs, en 2018? Con suerte, significa sobrevivir.

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