Nauyaca.
@bringthenauyaca

El fútbol siempre ha sido cosa de hombres, pero no porque nosotras no quisiéramos unirnos, más bien porque cedernos un hueco era demasiado hiriente y complicado. Y además siempre ha sido fácil ignorar nuestra existencia en ese y cualquier otro deporte.

Las chicas, en el fútbol, no tienen el papel estelar de la joven medio desnuda que presenta un cartel con un número durante los combates de boxeo, y tampoco están ahí para hacerse fotos con los deportistas como en las competiciones de MotoGP. Siempre somos “la novia de” y “la mujer de”. Sin nombres, sin identidad, sin mérito. A lo máximo que puedes aspirar si no eres pareja de nadie, es en ser reportera.

María hace su trabajo con ilusión, le gusta y estar trabajando incontables horas para retransmitir el mundial desde Rusia es algo que ella misma ha descrito (en un comunicado que hizo desde su cuenta de Twitter) como una gran oportunidad laboral y personal que la ilusionaba muchísimo. Y no se ha hecho noticia por su excelente trabajo, se ha hecho noticia porque ha tenido que defenderse.

“¿Cómo te llamas, guapa?”. “Me llamo María y lo de “guapa”, sobra”. No pierde el tono cordial, es una profesional pero ante todo es una mujer, y vale ya de tener que soportar este tipo de comentarios única y exclusivamente por ello. El piropo siempre ha estado ahí para nosotras. “Guapa” ha dejado de ser un adjetivo, una apreciación, se ha convertido en el nombre de miles de mujeres porque no es suficiente referirse a nosotras como simples personas. Hay que dejar claro que se ve, aprecia y valora el físico de la mujer con la que se está hablando. Y a veces no es necesario hablarle, también sirve gritarlo desde coches en marcha, murmurarlo al oído cuando se puede acercar a la víctima.

Sí, digo víctima. Víctima de ser sexualizada aún en nuestras horas de trabajo. Víctima de palabras “bien intencionadas” que se convierten en amenazas. Víctima de la no visibilidad, de ser ninguneadas durante cualquier actividad relacionada con nuestra vida y libertad.

María, durante esa entrevista a un seguidor de la selección española, siente la necesidad de defenderse, de dejar clara su postura como persona antes que mujer. Personal profesional que merece el mismo trato y respeto que habría recibido un compañero. ¿Tenía que callarse? No, por supuesto que no. Ha vuelto a abrir la veda al debate, a lo que los colectivos feministas defienden desde hace ya varios años: el piropo es otra forma de hacernos objeto, es una agresión hacia la valía (en este caso profesional) de cualquier mujer.

Más reporteras se han visto acosadas en riguroso directo mientras retransmitían a sus países el mundial de fútbol. Imágenes que dan arcadas, donde tienen que quitarse a hombres de encima, son interrumpidas o incluso tienen que apartar a un hombre que las toca y besa sin su consentimiento. ¿Dónde queda la profesionalidad en esos puntos? ¿Cómo mantener la compostura y poder seguir con su trabajo después de ser agredida verbal y físicamente? Las propias mujeres denuncian: cada vez hay más acoso, el alcohol y la euforia hacen estragos en el comportamiento de los seguidores de las selecciones. Convierten su machismo inherente de todos esos hombres, la “euforia” y el alcohol no hacen más que enaltecer esos comportamientos. Saber que sus amigos no discutirán, que están apoyados por una red y, peor aún, todo un sistema les exime de culpa o responsabilidad hacia las periodistas.

¿Por qué esa necesidad de reforzar el físico de una mujer? ¿Por qué no oímos piropos hacia hombres? Nosotras podemos apreciar y valorar la belleza de otras desde el respeto y la cordialidad, no como una forma de intimidar. Pero esta relación, entre hombres, desaparece. El piropo es algo exclusivo para decírselo a las mujeres, se lo dicen entre ellas porque les hemos enseñado que el físico es lo único importante. La hetero norma vigente dentro del machismo convierte la apreciación del físico entre hombres como un signo de debilidad, un motivo de burla. Una “afeminación humillante”.

¿Qué nos empuja a defendernos de palabras “cordiales” como los piropos? La idea de que no somos un objeto en una vitrina sobre el que comentar la valía. La crueldad de vivir en un mundo en el que no se nos va a medir con la misma vara, ni vamos a recibir el mismo salario por el mismo (o mejor) trabajo. El anonimato e incluso el que se ignoren nuestros logros. En este caso, una vez más, María ha sido noticia por culpa de un hombre. Defenderse de un comportamiento sexista que ya se ha establecido como algo común en nuestra sociedad es la que la ha empujado a ser foco de los medios. No por su trabajo, por su dedicación. No. Una vez más una mujer ha sido noticia gracias a un hombre, no por ser ella.

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