Álvaro Mongil Millán

@A_Mongil

La crisis económica sigue azotando a España y dista de acabar. Ante circunstancias como esta, los nacionalismos exclusivos emergen como alternativa al modelo de Estado. Se piensa, o piensan, que la fragmentación del Estado les dará más poder y un lugar dentro de la Unión Europea. Siempre defenderé los movimientos sociales, pero no las anteojeras de los nacionalismos, puesto que éstos tratan de diferenciar a un pueblo de otro y olvidar la pertenencia a una misma clase.

Hoy intentamos darle la vuelta, probar lo contrario. En lugar de desmembrar al Estado, vamos a hacerlo más grande. Vamos a incluir a pueblos hermanos.

Hoy hablamos del Iberismo.

No nos vamos a ir por la senda del nacionalismo iberista, porque estaríamos en las mismas. No vamos a hacer alusión a una historia, cultura, espacio común, etc. Necesitamos ser pragmáticos y tenemos al oeste un país que comparte las mismas características territoriales y económicas que nosotros. Los Estados grandes pueden hacer frente de manera más eficiente a las vicisitudes económicas que se presenten, siempre y cuando la economía esté supeditada al interés público (Artículo 128 de nuestra Constitución, que no se cumple). Hablamos de una unión lógica, pero no impuesta. La unión política entre España y Portugal ha de ser respaldada por la amplia mayoría de sus habitantes. Huelga decir que la institución de la Monarquía sería abolida, necesitamos llegar al máximo nivel de democracia posible, y eso con un Rey es inviable.

Por supuesto en este proyecto cabe Andorra, siempre y cuando quiera participar.

Necesitamos igualdad dentro de este proyecto, igualdad a la hora de decidir las leyes, representación territorial, no partidista. Unir algunas de las que serían ahora comunidades autónomas para crear federaciones. No se trata de absorber a Portugal o ser absorbida por ella, sino estar a la par. De este modo, haría falta la cooperación entre los dos territorios y no la imposición de uno sobre otro para aprobar las leyes.

Sería, por tanto, una revolución en toda regla: La creación de un nuevo Estado. Un Estado descentralizado donde la dignidad humana primara sobre el interés económico.

Repito, esto no es una nación. Hemos dejado atrás la doctrina estrella del siglo XIX para crear Estados nuevos. Hablamos de una confederación, una solución consensuada para paliar problemas comunes, una solución lógica a países marginales de la UE con economías similares, un Estado formado por trabajadores de toda clase que se autogobiernan de manera asamblearia, donde la educación y la sanidad están en la cabeza del presupuesto estatal.

Esto choca frontalmente con el control económico que han tenido las grandes familias de empresarios de España. Habría que acabar con títulos nobiliarios, lobbys, monopolios y oligopolios privados. Los sectores tradicionales y conservadores de ambos países utilizarán todas sus armas para desbaratar el proyecto. La Iglesia Católica echará humo intentando deslegitimar por todos sus medios la unión. Por eso debemos ser más fuertes y listo que ellos.

Ya hay partidos y movimientos que abogan por la Confederación Ibérica, aunque aún son minoritarios.

Puede que esta opción no sea la panacea a todos los males de la Península Ibérica. Pero sí una opción a tener en cuenta. Lo que ha faltado siempre ha sido la voluntad política: gobernar de la manera más fácil que favorezca a mis intereses. Hay que empezar a investigar otras vías, abrir las mentes.No crear más fronteras, sino eliminarlas.

No hay que olvidar en ningún momento que este destino debe emanar del pueblo, porque sólo el pueblo legitima las leyes y las transformaciones políticas. Sólo el pueblo unido hace la fuerza.

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