Marta de Miguel Rueda

@sandiasonriente

Cada año, tras las felices vacaciones de verano, vuelven a inundarse las redes y las bocas del ya archiconocido “síndrome  postvacacional”. Y yo me pregunto, ¿realmente existe tal síndrome? ¿Cuáles son sus síntomas? ¿Se puede evitar? ¿Qué opinan los médicos y las organizaciones sanitarias? De todo esto y alguna cosa más, hablaremos en el presente artículo.

Para empezar, no nos alarmemos, es totalmente normal sentirnos cansados, fatigados, perezosos e incluso estresados cuando cambiamos la toalla y los largos días de luz por el despertador y las lluvias. En efecto, septiembre ha llegado y toca volver a la rutina, y ya sólo poder hablar de las vacaciones. Pero, seamos honestos, todos tenemos días libres (en fin de semana o no) que podremos emplear para nuestro ocio y para descansar de la vida laboral. Así que, no nos preocupemos, sea lo que sea lo que nos ocurra, ni es crónico ni irremediable.

En segundo lugar, no hay demasiada información científica acerca de este fenómeno, y la que hay, de parte de médicos y psicólogos, es que no es una enfermedad. De hecho, de serlo, deberían serlo muchas otras cosas cotidianas de la vida como el primer día de guardería o cambiar de ciudad.  Sin embargo, la segunda acepción del término «síndrome» en el Diccionario de la Real Academia Española lo define como “Conjunto de signos o fenómenos reveladores de una situación generalmente negativa”. En base a esto, y fuera de cualquier aspecto médico, sí podríamos considerar síndrome a esa dificultad de adaptación a la rutina tras un largo periodo sin ella. Los síntomas tanto físicos como psicológicos para el síndrome postvacacional serían: falta de concentración, cansancio, estrés, irritabilidad, tristeza, nerviosismo, fatiga, ansiedad, e incluso insomnio y dolores musculares. Nada que no se pueda remediar con estos sencillos consejos:

En resumen, NO es una enfermedad ni una patología pero SÍ es algo que ocurre habitualmente en épocas concretas del año (algo similar ocurre tras las festividades navideñas).

 

Con todo y con eso, no deja de ser una consecuencia de la imperiosa necesidad de la sociedad de etiquetarlo todo, debido en gran parte a la baja tolerancia que tenemos a las emociones negativas, como la tristeza o la frustración. Y no sólo eso, también acudimos a otro fenómeno cada vez más extendido que es la medicalización de la vida. Tratamos de encuadrar cualquier evento o situación desagradable con una patología medible y tratable médicamente, sin serlo. Aunque precisamente llamar así a casos como el del síndrome posvacacional, es otra de las manifestaciones de esta imperiosa necesidad de etiquetarlo todo, ¿no?

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