Marta de Miguel Rueda

@sandiasonriente

Una de las mayores preocupaciones de nuestra población (y no sólo la juvenil, es la identidad). Es imprescindible hoy en día conocerse, y sobre todo reconocerse y definirse en un entorno que continuamente nos exige saber qué somos. Pero para poder emplear unas u otras etiquetas, debemos saber a qué nos estamos refiriendo.

Empecemos por el principio, el nacimiento. La mayoría de personas nacen con un SEXO diferenciado (masculino o femenino) cuyos signos más evidentes son los órganos reproductores, o bien con un sexo que podríamos denominar mixto (que se conoce como intersexualidad). Es decir, que el sexo engloba un conjunto de características fisiológicas, anatómicas, biológicas y cromosómicas que permite distinguir a las hembras de los varones. Incluye aspectos genéticos, hormonales y orgánicos (reproductivos y sexuales), por lo que es algo medible, objetivable y estático.

Más tarde, empezaremos a crecer, y comenzaremos a identificarnos en mayor medida con uno de los géneros principales (hombre/mujer) o con ambos por igual. O lo que es lo mismo, el GÉNERO se refiere a las ideas, comportamientos y normas que la sociedad ha asignado a cada sexo, y el valor y significado que se les asigna. El género es, en definitiva, un constructo social, puesto que sólo se da en las especies con pensamiento abstracto, capaces de construir un lenguaje y sistemas de símbolos que permitan distinguir lo femenino de lo masculino. La IDENTIDAD, por su lado, es la identificación personal con alguno de los géneros que forman parte de este sistema de símbolos. Todos somos capaces de diferenciar los roles o estereotipos de género que determinan las funciones, oportunidades, valoración y relaciones entre hombres y mujeres, precisamente porque compartimos un mismo lenguaje. Pero el género, a diferencia del sexo, es dinámico, y esa es precisamente la razón por la que puede modificarse y evolucionar al mismo ritmo que la sociedad que le da significado. Como consecuencia, cada vez somos capaces de identificar más géneros o variaciones de los clásicos como podrían ser las personas intergénero (que se colocan entre las dos identidades de género clásicas), o los travestis (quienes expresan a través de su modo de vestir un rol de género asociado socialmente al sexo opuesto).

Y en algún momento de nuestra vida (normalmente en la adolescencia), comenzaremos a sentir atracción y deseo sexual hacia unas personas u otras, conforme a nuestra ORIENTACIÓN. También es en ese momento cuando más presión del grupo de iguales tendremos para definirnos; por lo que comenzaremos a emplear los términos heterosexual, homosexual o bisexual para referirnos a las personas por las que sentimos atracción sexual y/o emocional.

Como podemos observar, la obsesión por el etiquetado es una característica clave de las sociedades modernas, puesto que todo tiene que tener un nombre. Y aunque es cierto que el poder definirse permite identificarse, y este deseo de pertenencia es propio del ser humano desde el inicio de la especie (como ocurría con los nómadas y sedentarios); a veces resultaría más útil a nivel de salud emocional dejar de preguntarnos tanto qué somos para empezar a simplemente ser.

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