José Antonio Molina Pasadas

@Jose_Lamperouge

Este artículo forma parte de un ejercicio pensamiento que irá apareciendo semana tras semana aquí les dejo que disfruten la primera parte:

El papel del individuo es algo de lo que se lleva debatiendo, a juzgar por lo corta que ha sido nuestra historia en este planeta, relativamente poco. Pero, desgraciadamente, en el mejor momento que tuvimos para hacerlo, cuando se asentó el polvo que las dos grandes guerras dejaron a su paso, también se había asentado ya el perfil del consumidor.

En esta dicotomía los estudios de mercado ya llevaban un tiempo funcionando. Amparados en gran medida en los postulados tremendistas del infame Freud, los empresarios estadounidenses del siglo XX habían aprendido el arte de controlar a las masas mediante un marketing, todavía en pañales, que bebía también de palabras como “propaganda”, exportadas curiosamente desde Alemania.

No obstante, en esta búsqueda del orden consumista, personalidades como Edward Bernays (sobrino del propio Freud) acabarían comprendiendo que adaptarse cuando lo que se intenta es controlar a las masas, no es precisamente algo opcional. Puesto que no tuvo que pasar mucho tiempo para que pequeños núcleos cada vez más grandes de la sociedad, comenzaran a adivinar los hilos de los que se estaba tirando.

Así como los hilos se iban descubriendo, la industria capitalista los iba perfeccionando, esta vez enfocados en un nuevo individuo occidental, obsesionado con un “estilo de vida” que acabaría siendo premonitorio de los “ing” de hoy (running, jogging, sofing, gaming…). Los empresarios pasaron de focalizarse en convencer a la gente no solo de que necesitaba sus productos, sino también de que estos complementan y son un rasgo indivisible de su personalidad y opiniones.

Probablemente contrario a lo que hoy algunos tenemos entendido, aquí es donde empieza el postmodernismo, en el llamado “Fin De La Historia” de Lyotard, un periodo que dibujaría un ser humano nuevo, más desdibujado.

Seguro pero inseguro, informado pero desinformado, manipulado pero no manipulado, que respeta la verdad de todos pero que no reconoce ninguna, el postmodernista crece desde fuera hacia adentro y convierte el individualismo egoísta en una bandera a la vez que pasa a rendir culto no solo a los productos, sino a las personalidades, artistas de masas e incluso políticos, como si también lo fueran.

Una política que cada vez tenía menos que ver con las ideologías que habían incendiado Occidente décadas atrás, y más con lo económico. Ya no se trataba de buscar la verdad, no había verdad. Por el contrario, los partidos en USA y más tarde de UK acabarían comprendiendo que el nuevo ser precisaba más bien de un mercado de propuestas moldeable en función un tiempo y un espacio sociales que, como siempre, oscilaban cada tanto.

De las empresas, de la política y hoy más que nunca de los medios, el ser humano ha llegado hasta hoy como un objeto concienzudo de estudio. Películas como El Club De La Lucha o Matrix, o series como la actual Black Mirror, emiten un reflejo de ese pequeño individuo que conoce los hilos. Pero, no nos engañemos, incluso ese pequeño individuo no está más que contemplando la ración diaria de una ilusión de poder tan dañina para el gigante empresarial como la picadura de un mosquito.

El capitalismo había mutado y se había retorcido hasta límites insospechados, sepultando a la sociedad bajo el manto estrellado de una individualidad pasiva. La izquierda, derrotada y arrogante, agonizaba y lloraba (y lo sigue haciendo) por sus figuras y valores ya caídos. El sector de la nueva generación a la que esa izquierda aspiraba, clamaba por unos nuevos límites, gobernados por una identidad tan constructora para consigo misma, como destructora para con todo lo demás. Y estaba por encontrarla. Y no una, sino muchas.

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